En los últimos años, nuestras ciudades han experimentado una transformación acelerada. Nuevos modelos de movilidad, cambios en los hábitos de vida y una creciente preocupación por la sostenibilidad están redefiniendo la manera en que planificamos y vivimos el espacio urbano. Sin embargo, en medio de esta evolución aparece un fenómeno que ha generado debate: plazas públicas renovadas pero sin bancos donde sentarse.
Lo que podría parecer una simple decisión estética es, en realidad, la consecuencia de cómo entendemos hoy la ciudad —y de cuáles son las prioridades que guían su diseño.
Movilidad: cuando el tránsito condiciona el espacio
La movilidad contemporánea ya no gira solo en torno al coche. Apostamos por calles más caminables, transporte público eficiente, redes ciclistas y espacios más limpios. Pero este avance convive con una tendencia preocupante: el diseño de plazas y avenidas pensadas para circular, no para permanecer.
Sin bancos ni lugares para detenerse, el espacio público se convierte en un área de paso rápido. Un lugar que se cruza, pero que no se vive.
Planificación urbana: entre la eficiencia y lo verdaderamente humano
La planificación urbana debe equilibrar múltiples variables: sostenibilidad, accesibilidad, seguridad, presupuesto y mantenimiento. En ocasiones, esta complejidad da lugar a intervenciones que priorizan la “limpieza visual” o la reducción de costes frente a las necesidades reales de las personas.
Eliminar bancos puede reducir incidencias o simplificar el mantenimiento, pero también elimina la posibilidad de descanso, encuentro y apropiación ciudadana.
Porque un espacio público sin vida es solo un vacío estético.
Espacio público: un lugar para estar, no solo para ver
El espacio público es esencial para la vida urbana. No solo sirve para moverse; también es un entorno para:
- Conversar
- Jugar
- Descansar
- Esperar
- Observar
- Reflexionar
- Sentirse parte de una comunidad
Cuando desaparecen los bancos, desaparece también la invitación a quedarse. La plaza pierde su función social y cívica, y se transforma en un mero escenario.
Este fenómeno conecta con conceptos como la arquitectura defensiva, que introduce elementos o decisiones de diseño que desincentivan ciertos usos o colectivos. Una tendencia que nos obliga a preguntarnos:
¿Qué tipo de ciudad estamos construyendo? ¿Una más inclusiva o una más restrictiva?
Un buen ejemplo de lo contrario: la nueva Plaza de España (Madrid)
Frente a esta tendencia, algunos proyectos recientes ofrecen una visión positiva y más humana del urbanismo. Un ejemplo destacado es la transformación de la Plaza de España en Madrid, un proyecto que apuesta decididamente por el espacio público como lugar de convivencia.
La intervención recupera la esencia de la plaza como punto de encuentro. Integra movilidad sostenible, renaturalización y, especialmente, zonas diseñadas para permanecer: bancos, graderíos, sombras, áreas verdes y espacios estanciales que fomentan el uso ciudadano.
¿Por qué funciona como buen referente?
Prioriza al peatón y reduce el protagonismo del coche.
Incorpora numerosos lugares de descanso, distribuidos de forma estratégica.
Aumenta significativamente la presencia de vegetación y sombra, mejorando el confort térmico.
Ofrece un espacio intergeneracional, accesible y lleno de vida cotidiana.
Es un proyecto que demuestra que la movilidad sostenible no es incompatible con el confort urbano; al contrario, se potencia mutuamente cuando se diseña pensando en las personas.
El derecho a sentarse
La ciudad es un organismo vivo, y su calidad se mide en detalles cotidianos: un banco, una sombra, un recorrido accesible, un lugar donde esperar sin prisa.
Repensar el espacio público implica preguntarnos qué experiencias queremos habilitar y para quién.
Si queremos urbes verdaderamente humanas, sostenibles y habitables, debemos defender espacios que permitan estar, no solo pasar.
Porque el derecho a la ciudad también es, en esencia, el derecho a sentarse y formar parte de ella.
